100 canciones para Amelia

100 canciones para amelia

La auténtica muerte es el olvido.

Amelia, una joven mujer retirada de los escenarios, desaparece sin dejar rastro una fría mañana de otoño del Madrid de 1965, sin que nadie, jamás, intentara buscarla. Mati, la hija de su vecina, una niña a la que Amelia cuidaba y con quien tenía una relación casi maternal, quedó completamente desconsolada ante aquel hecho.

Cincuenta y dos años después, Mati, convertida en una ejecutiva madura, vuelve a Madrid por motivos profesionales, y rememora con nostalgia aquella pérdida. Quiere el azar que se reencuentre con Pedro, un viejo tullido por la explosión de una bomba de la Guerra Civil, y que fue vecino de aquel humilde patio en el que vivió de niña. Ambos hablan de Amelia y él le enseña una fotos y una carta que conserva de ella…

A raíz de aquel encuentro, Mati inicia una obcecada búsqueda con la esperanza de conocer cuáles fueron las circunstancias que hicieron desaparecer a Amelia, dónde fue a parar y quién o quiénes participaron en ello. A lo largo de su búsqueda, Mati irá desentrañando una historia insospechada alrededor de la vida de Amelia y que, ni siquiera los personajes que irán apareciendo durante sus pesquisas, incluyendo a su propia familia, habían conocido nunca..

Fragmento de «100 canciones para Amelia»:

Era ya de noche y me encontraba acostada en mi cama, a punto de sumergirme de lleno en el sueño, cuando los vecinos volvieron acompañados de varios policías. Escuché las voces de los adultos y el ruido del motor del coche patrulla. Me asomé a la ventana: todo el mundo estaba reunido en el patio frente a la casa de Amelia. Sonaron varios golpes en su puerta y la llamada potente de una voz masculina que achaqué con acierto a los uniformados. Por fin, el estruendoso golpe de una patada en la puerta de Amelia resonó en la noche en medio del sepulcral silencio de los vecinos expectantes.

La casa de Amelia estaba vacía. Digo vacía porque ella no estaba; en cambio, su humilde pero primorosamente decorado hogar se presentaba ante los circunstanciales invasores pulcro y acogedor. Yo lo conocía bien, no era necesario entrar para visualizar cada detalle de aquella casa. Empecé a llorar al pensar en que aquellos hombres revolverían sus delicadas pertenencias, aquellas que yo no volvería a tocar jamás. Supe, porque me lo decía el corazón desde un lugar no identificado dentro de mí, que no volvería a ver a Amelia, que los días de dicha en los que me cantaba sus canciones mientras trenzaba mi pelo; que me enseñaba fotos de los años en que actuaba en los teatros; que me permitía disfrazarme con sus zapatos y sus complementos de coloridas plumas… aquellos días en los que con dulzura me llamaba «carita de ángel» habían desaparecido para siempre con ella.

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